Mons. Castagna: La misión de la Iglesia es ser “pescadora” de hombres
“Ya conocemos el resultado de esa invalorable confianza de Simón -señala monseñor Castagna- . La confianza en el poder de Quien lo llama producirá el hecho de la pesca milagrosa, desde entonces referida a los hombres: "No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres". Siempre es el hombre la obra preferida de Dios. El Apóstol comunica lo que aprende de su Maestro y Señor; ésa, su principal tarea, absorberá completamente las difíciles jornadas de su vida. Pedro y los demás Apóstoles constituyen el fundamento de una Iglesia que será, toda ella, "pescadora" de hombres. Es su misión”.
Monseñor Castagna señala que “existen dos aspectos del misterio de la Iglesia, inseparables, que debieran estar en la perspectiva de su historia: 1) Su vocación a la santidad; 2) El ejercicio de su misión evangelizadora. Ser santos para evangelizar al mundo. La primacía que los Apóstoles daban a la predicación indica la centralidad de la Palabra. Cristo es la Palabra . Descuidarla es perder el rumbo histórico y seguir a los tumbos, condenando a la inutilidad esquemas de aparente novedad. La novedad viene del Espíritu, que sabe contener lo viejo, en un desarrollo renovador, para otorgar a los valores conservados la vitalidad de su vigencia y su actualización. La perennidad de la Iglesia de Cristo procede de su capacidad de equilibrar y armonizar las nuevas realidades con los valores inmodificables. Quedarse en el pasado es tan siniestro como intentar eliminarlo para recrearlo. Corremos ese riesgo cuando obramos como si la historia empezara con nosotros, quitando todo valor al pasado, o desconfiando sistemáticamente del presente”.
Finalmente el arzobispo emérito afirma que “el secreto de la fecundidad evangelizadora no consiste en contar con la destreza profesional sino con la gracia de Cristo. Pedro lo expresa con espontánea seguridad: ‘Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes’. La confianza en el poder de Jesús será, en lo sucesivo, el método adoptado para llevar a buen término la misión encomendada. La habilidad gerencial, si existe, será relativa y tendrá que subordinarse a la gracia del Señor”.
Texto completo de la sugerencia
1.- Un cambio insólito en la misma profesión.
Jesús debió distanciarse para ponerse en relación con la muchedumbre. Para llegar a todos debió alejarse de la costa, en una barca pesquera, sin pescados. Desde allí enseña a todos y se preocupa del cansancio de quienes serán sus Apóstoles. Terminada su predicación dice a Pedro: "Navega mar adentro, y echen las redes. Simón le respondió: 'Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes". (Lucas 5, 4-5) Ya conocemos el resultado de esa invalorable confianza de Simón. No lo hace impecable sino capaz de arrepentirse y cambiar de conducta. Será suficiente reconocer la propia condición y aceptar el desafío de echar las redes en su nombre y transformar su profesión de pescador en la misión sobrecogedora de Apóstol. La confianza en el poder de Quien los llama producirá el hecho de la pesca milagrosa, desde entonces referida a los hombres: "No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres". (Lucas 5, 10) Siempre es el hombre la obra preferida de Dios. El Apóstol comunica lo que aprende de su Maestro y Señor; ésa, su principal tarea, absorberá completamente las difíciles jornadas de su vida. Pedro y los demás Apóstoles constituyen el fundamento de una Iglesia que será, toda ella, "pescadora" de hombres. Es su misión.
2.- Ser santos para evangelizar al mundo.
Existen dos aspectos del misterio de la Iglesia, inseparables, que debieran estar en la perspectiva de su historia, en el interior de la cual siguen escribiendo los hombres y los pueblos, a veces con indisimulable desprolijidad: 1) Su vocación a la santidad; 2) El ejercicio de su misión evangelizadora. Ser para hacer: ser santos para evangelizar al mundo. No es una oscilación sino un puente, que el cristiano debe atravesar para realizar su ideal. La primacía que los Apóstoles atribuían a la predicación indica la centralidad de la Palabra. Cristo es la Palabra encarnada. Descuidarla es perder el verdadero rumbo histórico y seguir a los tumbos, condenando a la inutilidad esquemas de aparente novedad. Es oportuno recordar la imagen evangélica del vino nuevo y los odres viejos, o el remiendo nuevo aplicado en un vestido viejo. La novedad viene del Espíritu, que sabe contener lo viejo, en un desarrollo renovador, para otorgar a los valores conservados la vitalidad de su vigencia y actualización. La perennidad de la Iglesia de Cristo procede de su capacidad de equilibrar y armonizar las nuevas realidades con los valores inmodificables. Quedarse en el pasado es tan siniestro como intentar eliminarlo para recrearlo. Corremos ese riesgo cuando obramos como si la historia empezara con nosotros, quitando todo valor al pasado, o desconfiando sistemáticamente del presente.
3.- El secreto de la fecundidad evangelizadora.
En la "pesca" de hombres, los Apóstoles no contarán con su destreza profesional sino con la gracia de Cristo. Simón Pedro lo expresa con espontánea seguridad: "Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes". (Lucas 5, 5) La confianza en el poder de Jesús será, en lo sucesivo, el método adoptado para llevar a buen término la misión encomendada. La habilidad gerencial, si existe, será relativa y tendrá que subordinarse a la gracia del Señor. San Pablo recuerda que el secreto de la fecundidad apostólica está en el incremento que aporta Dios y no en la siembra de los misioneros. El mundo se admira frente a la solidez estructural de la Iglesia, capaz de resistir una travesía multisecular, manteniento su integridad de doctrina y de culto. Los Santos se han manifestado firmes en esa convicción, hasta aparecer desconfiados de las seguridades que, en la sociedad, son apreciadas sobre todo otro valor. Me refiero a los bienes transitorios, incluso los razonablemente más cotizados como: la salud, el prestigio político o profesional y la fortuna bien habida.
4.- El lenguaje inequívoco de la fe.
Cristo produce un cambio de mentalidad. La Verdad que propone es de tal modo nueva - la Buena Nueva - que reclamará un lenguaje existencial totalmente distinto del habitual. Es el lenguaje de la fe. No se limita a formularla académicamente sino que la lleva a un comportamiento claro y comprometido. La vida del creyente es el lenguaje inteligible de la fe cristiana. Es tan saludablemente primitivo que puede ser percibido por el más joven e ingenuo de los hombres. Todo el mundo, como le ocurrió a Felipe, solicita, a quienes aseguran creer en la presencia de Cristo resucitado, verlo en sus vidas y en los gestos principales que la expresan: "Muéstranos al Padre y eso nos basta". +
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