Algunas reflexiones sobre el suicidio III


En siglos pasados, la Iglesia manifestaba la verdad moral con sus argumentos y allí acababa todo. En nuestra época hemos visto completadas y consumadas esas grandes pirámides morales de férreos silogismos, pirámides de lógica, construcciones admirables que han necesitado siglos para ser erigidas. Completadas esas colosales obras del entendimiento, pienso que ahora debemos volver nuestra vista hacia los pobres que no cumplen, que no ven, que no andan por esos caminos.
Los teólogos hasta el comienzo del siglo XX habían puesto sus ojos en la Verdad. Ahora deberíamos ir creando una reflexión teológica cada vez más profunda acerca de los que caminan al borde de la verdad. ¿Qué decir del hijo de Dios que no puede seguir sosteniendo el peso de la existencia? 

Cierto que podemos responderle sólo con el silogismo. Pero también, sin abandonar la Verdad, cabe tratar de entenderle. Tratar de entender el error no es traicionar la Verdad. Comprenderle no significa aconsejarle lo que es ilícito. Pero desde la comprensión y el amor, sin abandonar la verdad, a veces, se me hace muy difícil no ver con misericordia a alguien para el que su misma existencia ya ha sido la más desesperante condena. 

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