Dinero, vanidad y orgullo, tentaciones que buscan degradar y degradarnos, advirtió el Papa

Dinero, vanidad y orgullo, tentaciones que buscan degradar y degradarnos, advirtió el Papa

El Santo Padre, celebró, este domingo, segundo día de su visita pastoral a México, una misa multitudinaria en el Centro de Estudios del municipio de Ecatepec, a unos 30 kilómetros de la capital azteca.

El Papa partió temprano, desde la Nunciatura apostólica hacia el aeropuerto del Campo Militar Marte, en donde tomó el helicóptero que le llevó a la ciudad de Ecatepec. Durante el recorrido hacia el aeropuerto lo hizo en el papamóvil descubierto, saludando en el recorrido a las miles de personas que le esperaban agitando banderas y pañuelos. En un cierto momento hizo detener el vehículo y bajó a saludar a un grupo de hermanas Franciscanas que se encontraban en la puerta de su convento, con la presencia también de Dominicas, y de otras religiosas y religiosos, en una zona en la que tienen sede varios institutos y congregaciones.

El Papa llegó al municipio de Ecatepec y durante el trayecto de 8,8 kilómetros que lo llevó hasta el área de Estudios donde celebró la Eucaristía, apreció más de 50 murales urbanos y graffitis, pintados en las calles y azoteas, con imágenes de la Virgen de Guadalupe, del papa Francisco con sombreros mexicanos, su rostro con expresiones de paz, símbolos patrios, temas prehispánicos, palomas de la paz, entre muchos otros. Este proyecto fue realizado por 50 jóvenes provenientes de diferentes puntos del Estado de México y que fueron los ganadores de un concurso bajo la temática “El Papa y la Juventud”.

El altar, donde el Pontífice celebró la misa, estaba realizado con tapices multicolores con diseños de flores y diferentes aves en honor a San Francisco Asís. Los materiales usados para estos tapices fueron hechos con semillas y aserrín pintado por los artesanos de Tlaxcala y del Estado de México.

Durante la homilía el Pontífice recordó el tiempo de Cuaresma que está viviendo la Iglesia, tiempo de preparación a la Pascua del Señor, tiempo de purificación y conversión. “Tiempo para ajustar los sentidos, dijo el Papa, y para abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente contra el sueño y el proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios quiso plasmar”.

Francisco se refirió a las tres tentaciones que sufrió Cristo, que se relatan en el Evangelio de este domingo: la riqueza, la vanidad y el orgullo. “Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que fuimos llamados. Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos”, señaló el Papa y tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente y que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado”.

Sobre la riqueza, explicó Francisco es “adueñándonos de bienes que fueron dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o para los míos”. “Esa riqueza, añadió, que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos”, subrayó.

Sobre la segunda tentación: La vanidad, señaló que es esa “búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la fama de los demás, va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la común vida de los mortales”.

Finalmente el Santo Padre alentó a seguir huellas del Señor “pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia”. “Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder”, subrayó el Santo Padre.

Homilía del Santo Padre en Ecatepec
El miércoles pasado comenzamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Tiempo especial para recordar el regalo de nuestro bautismo, cuando fuimos hechos hijos de Dios. La Iglesia nos invita a reavivar el don que se nos ha obsequiado para no dejarlo dormido como algo del pasado o en algún «cajón de los recuerdos».

Este tiempo de Cuaresma es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen de la ternura y del amor.

Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único pero no sabe generar y criar «hijos únicos» entre nosotros. Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro no del «padre mío» y «padrastro de ustedes».

En cada uno de nosotros anida, vive ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que vivieron tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy.

Cuaresma, tiempo de conversión porque a diario hacemos experiencia en nuestra vida de cómo ese sueño se vuelve continuamente amenazado por el padre de la mentira, escuchamos en el evangelio lo que hacía con Jesús por aquel que busca separarnos, generando una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos.

Cuántas veces experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces tuvimos que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta que no reconocimos esa dignidad en otros. Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena.

Cuaresma, tiempo para ajustar los sentidos, abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente contra el sueño y el proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios quiso plasmar.

Las tres tentaciones que sufrió Cristo. Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que fuimos llamados. Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos.

Primera: La riqueza, adueñándonos de bienes que fueron dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos». Es tener el «pan» a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos.

Segunda tentación: La vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que «no son como uno». La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de los demás, «haciendo leña del árbol caído», va dejando paso a la tercera tentación, la peor, la del orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias te doy Señor porque no me has hecho como ellos».

Tres tentaciones de Cristo, Tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente.

Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado.

Vale la pena que nos preguntemos:

¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos? ¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida? ¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuentes de alegría y esperanza para vencer esas tentaciones?

Hemos optado por Jesús y no por el demonio. Si nos acordamos lo que escuchamos en el Evangelio, Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra propia sino que le contesta con las palabra de Dios con las palabra de la escritura. Porque hermanos y hermanas metámoslo en la cabeza con el demonio no se dialoga, no se pueda dialogar porque nos va a ganar siempre, solamente la fuerza de la palabra de Dios lo puede derrotar. Hemos optado por Jesús y no por el demonio.

Queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: «Tú eres mi Dios y en ti confío». ¿Se animan a repetirlo juntos tres veces? «Tú eres mi Dios y en ti confío».

Que en esta eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que «el Evangelio llega y llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús... sabiendo que con Él y en Él siempre renace la alegría» (Evangelii gaudium, 1)

This entry passed through the Full-Text RSS service - if this is your content and you're reading it on someone else's site, please read the FAQ at fivefilters.org/content-only/faq.php#publishers.

Etiquetas:

Publicar un comentario

[blogger][facebook]

Agencia Catolica

Forma de Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DesactivadoPor favor, active Javascript para ver todos los Widgets