“Olor a pesticida”
El P. Roberto sostiene que “esta misión no es un traspaso de conocimiento, no es una catequesis. Esto exige la disposición personal y religiosa” y agrega que a los postulantes extranjeros -dos ecuatorianos, un paraguayo- que hacen parte de su formación en el país, les permite conocer Chile “desde otra visión, porque es una experiencia de misión más humilde, más difícil”.
El asesor de la Pastoral de los Trabajadores, P. Guido Castagna, dice que “para la diócesis es bonito recibir a estos jóvenes, que vienen por motivos religiosos y también sociales, a compartir en todo la vida de los temporeros”. Es esta Pastoral, con la colaboración de la parroquia Nuestra Señora de Loreto de Tierra Amarilla, la que apoya logísticamente la misión, determinando los predios, organizando los traslados, las visitas, y todos los detalles prácticos. Bien sabe el P. Guido que el trabajo en la uva no es fácil. A las altas temperaturas de la zona se suma la exigencia física del trabajo, los bajos sueldos, y la exposición a los pesticidas que se aplican a la fruta.
La hna. Claudia Muñoz aci, que trabaja con el P. Guido, agrega: “El Papa nos pidió ir a las periferias, que los pastores tengan olor a oveja. Nosotros no tenemos olor a oveja, tenemos olor a pesticida”.
La fe, un pilar fundamental para los trabajadores
Camilo Esquivel es desde hace tres años, administrador del fundo Villa María, donde hay cuatro misioneros. Sólo tiene buenas palabras para ellos. “Siempre hemos tenido buenas experiencias recibiendo misioneros. Se genera otro ambiente dentro de las cuadrillas, otro tipo de conversaciones, la gente se distiende y sale de la rutina del trabajo”. Subraya que los misioneros hacen el mismo trabajo y en las mismas condiciones que el resto, y que los tiempos libres son dedicados a la relación con los trabajadores.
En el predio Amolanas están los diez estudiantes de la Universidad Alberto Hurtado. Su administrador, Rodrigo Scola, dice que la presencia de estos jóvenes es muy positiva en el campamento. “Muchas veces quienes trabajan acá necesitan un apoyo de tipo religioso”. También destacó que esta experiencia les ayudará a los futuros profesionales a conocer otras –y duras- realidades. “Aquí ellos hacen un trabajo de obreros, y tratamos de incorporarlos a las distintas tareas”.
El lugar más alejado donde se ubicó a siete misioneros es la hacienda Manflas. Don Manuel es su administrador hace cuatro años. “Aquí llega mucha gente que viene de otras localidades, tanto chilenos como extranjeros, y quieren un espacio espiritual”. Señala que no sólo hay presencia de la Iglesia católica sino también de otras religiones, y que la fe es un pilar fundamental para los trabajadores.
El rostro de Cristo en el valle
“Conocer una realidad distinta en el norte de Chile me pareció interesante, cómo trabaja un gran número de personas”, esta fue la principal motivación de Martín Silva (20), estudiante de 4° año de Sociología. “Mi trabajo es llevarles el agua en bidones de 60 litros a los que están trabajando en la uva, también transporto la basura en un tractor que se llama coloso, y cargo y descargo distintas cosas del coloso”. Dice que le llama la atención que muchos son del sur, “y que se peguen un viaje tan largo para venir a trabajar acá. Me llama la atención el esfuerzo que le ponen a su vida cotidiana”.
Javiera Valdebenito (19), estudia 2° de Trabajo Social, y cuenta que aunque empezó a pololear hace poco, dejó a su pololo en Santiago y quiso venir a vivir esta experiencia misionera. “Hace falta mucho trabajo humano aquí, implementar cosas que ayuden a las personas a recrearse y distraerse. Esto afecta incluso en la convivencia dentro del campamento” dijo. Por eso señala que es importante que profesionales de las ciencias sociales aporten en este tipo de empresas, para mejorar la calidad de vida de las personas. “Las personas aquí tienen habilidades extraordinarias, que son importantes para el trabajo de exportación, pero que a veces no son valoradas”, dice, mientras nos cuenta sobre su trabajo en la bodega.
“A mí lo que me gusta es el contacto real con la gente”, dice Nicolás Osorio (20), estudiante de 3° de Periodismo. Aunque le cuesta estar desconectado de las redes sociales, dice que lo más difícil son las condiciones climáticas. Lo piensa un momento y agrega: “En realidad lo más difícil es ver a personas a las que les cuesta trabajar ya sea por edad o por condiciones físicas”.
Los tres coinciden en que esta misión les ayudará a ser mejores profesionales, y a darse cuenta que hay mucho que hacer y mucho que aportar, y que lo más gratificante es la relación que nace con los temporeros. Aseguran que aunque es una misión breve, de dos semanas, es una experiencia hermosa y vivificante.
Sin duda, para los trabajadores también lo es. Mientras para los misioneros ellos son la presencia de Dios, para los misioneros es al revés. Son ellos, los temporeros y temporeras, el rostro de Cristo en el valle de Copiapó.
Fuente: Comunicaciones Copiapó

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