Buenas tardes a todos los presentes,
Una gran emoción y satisfacción me invaden el día de hoy, con el motivo de ser el día que finalizamos una gran etapa de maduración, de grandes logros como personas, de cambios en nuestra manera de ver el mundo, en nuestra manera de amar y de conocer a Dios.
¿Qué emoción tendría la vida si supiéramos a qué nos enfrentamos cada día? El niño no sabe que se siente caminar hasta que lo logra, después de eso no sabe los que se siente al ir al colegio hasta que asiste, no sabe lo que se siente ser solidario hasta que solidariza. Con esto quiero hacer relación a los primeros días de nosotros en la parroquia, no podríamos descubrir qué veníamos a hacer acá, ya que como el niño teníamos que experimentar.
Pensábamos “un sacramento más”… “me dijeron que era entretenido”… “un amigo viene, así que lo acompañé”… “no sé qué hacer los sábados en mi casa”. Amigos y amigas, no teníamos idea qué era a lo que nos enfrentábamos. Era algo que cambiaría nuestras vidas.
Yo era una de esas personas. El primer día que llegué a esta parroquia, vine un poco antes con mi mamá para preguntar qué es lo que hacían y cuántos años duraba. Una monitora me respondió dos años y me dijo que si uno quería podía hacer tres. Cuando nos retiramos con mi mamá, le comentaba que cómo alguien podría hacer tres años, que por mí haría sólo uno para terminar el “trámite”.
Y aquí estoy finalizando mi tercer año de comunidades y no me quiero ir. Es impresionante cómo el amor que fluye en este entorno te es adictivo, cómo la palabra de Dios y nuestro amor a Cristo nos unen a todos nosotros como uno solo, dejando atrás diferencias políticas, sociales, la diferentes maneras de pensar y de actuar, cómo comenzábamos a dejar de pensar sólo en nosotros y nos preocupamos por el que está a lado. Cómo de un día para otro nuestro corazón nos pedía ayudar aunque sea con pequeños detalles al más desvalido.
Esto no habría sido posible sin la ayuda de nuestros monitores, quienes siempre se esmeraron en dar lo mejor para nosotros, en enseñarnos a conocer a Cristo de una manera diferente, y hoy en nombre de mis compañeros, en este minuto, quiero decirles ¡gracias! Por su preocupación, su tiempo, su entusiasmo, su paciencia y por todo el amor que nos entregaron y nos enseñaron a entregar. También agradecer a cada una de las familias que están presentes hoy, por su apoyo, ya que fueron un pilar fundamental en este proceso.
Aquí en la Iglesia tuve la oportunidad de conocer gente maravillosa, amigos en Cristo… y no sólo aquí, sino en el mundo entero, gracias a todas las actividades que realizábamos, semanas juveniles, diócesis, caminatas, las cenas navideñas e incluso nuestra ida a Brasil, en las cuales siempre había la mejor disposición y ánimo. Son experiencias que jamás olvidaremos.
Como ya dije, es el fin de una etapa, pero el comienzo de otra. Es ahora donde empieza nuestra verdadera labor, es ahora donde tenemos que poner en práctica todo lo que con mucha pasión nos enseñaron. Sí, pasión, porque para amar a Cristo hay que hacerlo y sentirlo con todo el corazón. Los invito a que sigamos su camino y que lo compartamos a quienes aún no lo conocen, pues de nosotros depende el ahora para la construcción del mañana.
Muchas gracias.
Javiera Fica.
Fuente: www.iglesiaenmision.cl

Publicar un comentario