Carta del arzobispo de Zaragoza ante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos
¿Es que Cristo está dividido?” (cf. 1 Cor 1,1-17). Con estas palabras, Pablo exhortaba a la comunidad de Corinto a la unidad, y, con estas palabras, un año más, la Comisión Fe y Constitución, del Consejo Mundial de las Iglesias, y el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos nos invitan a orar por la unidad de todos los que creemos en Cristo Jesús.
El texto de Pablo nos exhorta a mirar a Cristo. Sólo la mirada puesta en Él, sólo la conversión de corazón, personal y comunitaria, a Cristo, hace viable y real el camino del ecumenismo. Cuanto más nos acercamos a Él, más cerca estamos los unos de los otros. No lo olvidemos: la comunión es más honda y real cuanto más profunda es la realidad de la que participamos. La comunión con el Señor Jesús, en el Espíritu, ya real en el Bautismo, fragua la comunión entre los hermanos. Nuestra unidad es en Cristo y nuestra vida y salvación vienen de Él.
El apóstol nos exhorta a mirar a Cristo en el don total de su persona y, tal como invita Lumen fidei, a mirar con los ojos de Cristo, para hacer nuestra su mirada. Sólo así podremos de corazón reconocer confiados al otro, amarlo, valorar agradecidos los dones con los que Dios lo ha bendecido, enriquecernos mutuamente: “Doy gracias sin cesar a mi Dios por vosotros ya que os ha otorgado su gracia mediante Jesucristo y os ha enriquecido sobremanera con toda clase de dones” (1 Cor 1,4). Nos lo recuerda la exhortación Evangelii gaudium: “¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros! No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros… A través de un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien”. Honrar los dones de los demás nos acerca a la fe y misión compartidas, y a la unidad por la que rezó Cristo.
El ecumenismo constituye, hoy, sin duda, un auténtico “imperativo de la conciencia cristiana, iluminada por la fe y guiada por la caridad” (UUS 8). A lo largo de las últimas décadas, décadas de trabajo y diálogos, de documentos, encuentros y oración, se ha avanzado mucho en este sentido. Las distintas Iglesias y comunidades cristianas ya no nos contemplamos como «extraños» ni «enemigos», sino como hermanos y hermanas que han dejado de lado, en gran medida, viejas incomprensiones, condenas y prejuicios para rezar y trabajar juntos, dando testimonio de nuestra fe en común. Los diálogos han tenido como objetivo la superación de las dolorosas divergencias y divisiones del pasado, y, sobre la base de nuestra fe en común en Jesucristo, han intentado allanar el camino hacia la comunión visible en la verdad y en el amor, construyendo puentes de renovado entendimiento mutuo y cooperación práctica. Se han logrado consensos y se han identificado de forma más precisa antiguas, aunque, por desgracia, persistentes, diferencias. Hay además un trabajo de base callado, silencioso, pero hermoso, que nos ayuda a querernos, conocernos, encontrarnos, apoyarnos unos a otros y trabajar unidos. Es cierto que queda mucho por hacer, que el camino no es fácil, ni tan rápido como quisiéramos. Pero no nos dejemos robar la esperanza. Sabemos de quién nos hemos fiado (2 Tim 1,12).
Los inicios del movimiento ecuménico, hace ya más de 100 años, en Edimburgo, en un contexto eminentemente misionero, nos recuerdan que la credibilidad del anuncio cristiano sería mayor si superásemos nuestras divisiones (EG 244). “Que todos sean uno, para que el mundo crea”, pedía Jesús (Jn 17, 21). Unidad, ecumenismo y evangelización se abrazan (cf. UUS 98, EiE 54). De la propia sacramentalidad de la Iglesia, icono de la Trinidad, nace el ser signo e instrumento de unidad. Y, sin duda, el ecumenismo es un aporte a la unidad y la paz de la familia humana (EG 245). La oración ecuménica está al servicio de la misión cristiana y de su credibilidad. Por eso, debe estar particularmente presente en la vida de la Iglesia, de nuestra Iglesia de Zaragoza, y de todo creyente (cf. UUS 23). No en vano, la oración es el alma del movimiento ecuménico. Orar unos por otros, orar por la unidad, pedirle a Dios que socorra con su amor nuestra debilidad, es una forma hermosa de amarnos que, sin duda, sana, reconcilia y nos une a todos fraternalmente con quien es la fuente de la unidad.
La celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos durante estos días, en torno a la festividad de la conversión de San Pablo, o en torno a Pentecostés, en algunos países, nos invita a hacer nuestro un compromiso que es tarea de todos y tarea de todos los días. Agradezco de corazón el trabajo realizado por la Delegación Episcopal de Ecumenismo de nuestra Diócesis y por tanta gente buena entregada y comprometida en esta tarea. Que el Espíritu, abrazo de amor y de comunión, nos conduzca a todos por el camino de la unidad.
Domingo, 19 de enero de 2014
II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza
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