La muerte de un ser querido siempre produce dolor. Los recuerdos se agolpan en el corazón y una parte de nosotros mismos queda arrancada… Mi madre, con cerca de 92 años, ha partido de este mundo. Hace años que mi madre moría, fue un tiempo de sufrimiento y de esperanza en la misericordia del Señor. Al ver con realismo la cruz del sufrimiento, la luz de la resurrección de Jesús me llenaba de esperanza. “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio de difuntos).
“La fe de los cristianos es la resurrección del Señor” nos recuerda san Agustín. La Palabra de Dios nos enseña que nuestra vida está en manos de Dios y que en su misericordia adquieren un nuevo sentido el sufrimiento y los deseos de paz y felicidad. La oración brota del corazón y nuestra alma tiene sed del Dios vivo. Jesús mismo explica conmovido que el grano de trigo tiene que morir para dar fruto. Necesitamos el calor del Amor y la lluvia de la gracia para entregar la vida y confiar… La muerte es la puerta que nos permite gozar de la vida, del amor y de la paz de Dios para siempre. Estos días entendí mejor aquellas palabras de san Agustín al comienzo de sus Confesiones: ”Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
La muerte me hace pensar en la vida. ¿Qué queda de nuestra vida sino el amor que hemos ofrecido y el bien que hemos hecho? ¿Todos nuestros buenos deseos no se verán saciados en Aquel que esperamos?.
La esperanza de la Iglesia nos consuela y brota la alegría del fondo del corazón al sentirnos amados de Dios, nuestro Padre. La esperanza, además, suscita la oración y el amor fraterno. Mientras estamos en este mundo tenemos la misión de amar como Jesús amó.
El recuerdo de mi padre y de mi madre me hace entender mejor el amor hecho servicio. Ellos, durante muchos años, trabajaron con empeño la tierra y miraban al cielo esperando la lluvia. Mi padre murió hace ya diecinueve años. Mi madre quería pasar desapercibida, se desvivía por la familia; con sus defectos y sus detalles humanos, ella amaba y ofrecía así su vida. Al final le sobraban muchas cosas, sólo valoraba desde la fe aquello que realmente es importante.
Gracias, Señor, por mis padres. Tú, a través de ellos y de tantas personas, me has enseñado y me enseñas cada día a amar y a sentirme amado. Gracias porque nos suscitas nuevos deseos de amar y servir, y en tu misericordia nos haces esperar la vida eterna. Gracias a mi familia por cuidar con tanto cariño a mi madre, y gracias también a los profesionales que la han atendido los últimos años. Gracias a todos los que han rezado por ella.
Que nuestra oración por los difuntos sea para todos motivo de amor y esperanza. Gracias, amigos.
Fr. Miguel Miró
Prior General
Orden de Agustinos Recoletos
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