El camello, el rico y la aguja


Christopher Jiménez Estrada


“Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”.


No es la primera vez que Jesús habla de la pobreza con sus discípulos, de hecho, es una invitación constante, un elemento fundamental en su divina pedagogía. A ellos, no lo los está enseñando a ser reyes, ni grandes mercaderes, ni generales de ejércitos invencibles. Por el contrario: los llama a ser servidores, a formar parte del selecto grupo de los “últimos”.


¿Cómo hacer pasar a un camello por el ojo de una aguja? Prestando oídos con ingenuidad podríamos pensar que Jesús es un exagerado y el pasaje de Mateo nos corrobora que los apóstoles pensaron lo mismo. Y entonces viene la lección que el Señor sellaba con esta nueva parábola: “Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios; pues para Dios todo es posible”.

No es una casualidad que sea Marco quien haga eco a este pasaje. Tal vez ninguno de los apóstoles tuvo tanto contacto con los bienes terrenales como Marco, el rico cobrador de impuestos que así sin más, dejó todo para seguir al Señor.


Pero Jesús no es irrazonable, sabe con cuánta fragilidad nuestro corazón tiembla ante la incertidumbre. A los que decidan seguirlo y “dejarlo todo”, el Señor promete un magnífico céntuplo y no sólo eso: ofrece también la vida eterna. ¿Alguien necesita más? ¿Quién puede siquiera igualar aquella oferta?


En la historia de la Iglesia –y seguramente también en muchas de nuestras historias personales- encontramos grandes muestras de la generosidad de Dios, ejemplos incontables de lo que significa abandonarse en el amor de Dios y recibir a cambio un formidable ciento por uno.


Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, placía de compartir innumerables experiencias sobre el “céntuplo”. Ella y sus primeras compañeras, habitando una humilde casita de Trento, en medio de los embates de la Segunda Guerra Mundial, atendía constantemente a personas tan humildes y necesitadas como ellas, quienes tocaban a su puerta para pedir algo de comer. Y entonces ellas, en un acto de generosidad –de locura pensarían otros-, le ofrecían la única papa, el único huevo, la única manzana que poseían.


La sorpresa era grande cuando al poco tiempo llamaba alguien más a la puerta y les entregaba bolsas de pan, sacos de harina o kilos de manzanas. Eso era como palpar el amor de Dios.


¿Cuánto no lograría el Señor si nosotros ofreciendo nuestro 1 por ciento, dejáramos a él hacer el 99% restante?



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