19 octubre 2013
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No importó la lluvia ni el frío. Sobre la Plaza de San Pedro, discreto pero desconcertante, un pequeño hombre permanecía arrodillado de cara a la Basílica, recogido en una profunda oración. La mirada de los curiosos lo hizo foco de cientos de fotografías, nota espectacular y sólo eso, de no pocos noticieros.
Después se supo que se llama Massimo Coppo, nacido en Peruggia en mayo de 1948 e ingeniero agrónomo de profesión. Teniendo una treintena de años, abandonó su puesto como profesor y abrazó la radicalidad de la orden franciscana. Se sabe que además del italiano, domina también el idioma inglés.
Fueron pocos los que entendieron su silenciosa invitación: orar por un nuevo Papa que llegaba en tiempos difíciles para nuestra iglesia. Mientras los telediarios apuntaban sus cámaras a los pies descalzos y a la rustica tela de su hábito, otros prefirieron desplegar el cobijo de una sombrilla sobre el fatigado cuerpo de aquel hombre.
Y seguramente las oraciones de Massimo también hicieron eco más allá de la cúpula de San Pedro. Un par de días después asomaba su sonrisa un tímido Papa Francisco que con su nombre asomaba también un mensaje de esperanza y humildad.
Apenas terminado el Cónclave, Massimo volvió a Asís, seguramente musitando su mejor oración: la de su propia vida, humilde, sencilla. Todavía se le ve caminando y prodigando palabras de aliento a los peregrinos que se le avecinan. En Roma se quedó el Papa, haciendo lo propio: recitando cada día la plegaria de su ejemplo, musitando palabras de aliento para todos los que le visitan y mostrando infatigable, aquella sonrisa que conquista.

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